Confieso o no confieso

Hoy es noche de chicas, aunque sólo ha podido venir mi amiga Paola. Todavía no sabe que llevo unas semanas trabajando en una webcam porno. No he tenido mucho tiempo para contárselo porque hemos estado las dos muy liadas y, aunque sea mi mejor amiga y nos escribamos casi cada día, prefería hablarle sobre mi nuevo trabajo en otro momento en el que estuviéramos más tranquilas.

Una cosa es que yo sea una mujer liberar y atrevida y otra que se lo vaya a contar por WhatsApp. Seguro que tiene mil preguntas que hacerme y eso va a implicar estar media hora larga dándole a las teclas. Así que le dije a ella y a otras dos amigas que vinieran a pasar la noche, ventajas de vivir solita, y así se lo contaba a todas a la vez, pero como María y Elena no han podido venir… Nada, me guardo el secretito de la webcam amateur un poco más y ya cuando estemos las cuatro, se lo cuento.

Paola me sirve otro margarita casero. Hemos hecho dos jarras y ya hemos vaciado más de la mitad de la primera. Estamos sentadas en el sofá, con los pies sobre él. Nuestras piernas desnudas se rozan, es una noche calurosa y las dos llevamos unos pantaloncitos deportivos cortos.

— ¿Sabes? —Me dice nada más dejarse caer en el sofá— ¿Recuerdas a Mauricio?

Asiento con la cabeza mientras chupo la pajita.

— Pues el otro día me dijo que si me pasaba por su casa.

— ¿Qué dices? ¿En serio?

— Sí.

— Menudo weon.

Mauricio, que ya tendrá sus treinta años, que estuvo con María a quién engañó con Elena. Después de eso, ambas tardaron mucho en volver a ser amigas, pero María perdonó a Elena porque esta la dijo que iba muy borracha y que fue Mauricio quien fue a cazarla. Yo sinceramente eso no me lo creo, Elena es muy…

— Sí, es muy weon. ¿Cómo es tan fresco de querer ligar contigo también? Eso me pone de tan mal humor… Si pudiera cogería su pico y haría que él mismo se atragantase con él.

Al escuchar la palabra “pico”, en mi cabeza me viene a la imagen la gran tula que tenía mi último cliente del chat porno, ¡madre mía! Era el quinto, porque hace una semana que comencé a trabajar en esto.

“¡No sé si eso a mí me entraría! ¡Al menos no toda! Jaja”, pienso traviesamente por el alcohol.

Río en voz alta y Paola me mira:

— ¿De qué te ríes? — me pregunta.

¡Uf! Todavía prefiero no tocar el tema de mi nuevo empleo. Así que rápidamente rebusco en mi memoria una historia que le pueda parecer entretenida a la mujer que una vez fue mi amante.

— De… de… —comienzo a balbucear—. ¿Te he contado alguna vez lo de Marcos?

— ¿Marcos, Marcos? ¿Tu Marcos?

— Sí. Ese Marcos.

— Sí, ya sé que estuviste con él y que él sigue súper enamorado de ti.

— No, no. Me refiero a que si sabes cómo comenzó todo y porqué está tan enamorado.

— Ummmm, no. La vedad que eso no. Cuenta, cuenta.

Me acomodo en el sofá y comienzo:

— Fue cuando tenía dieciséis años y él… unos trece o catorce. Era muy mono, pero no en plan guapo sino de ese tipo de chicos con cara de niño bueno. Era mi vecino, vivía justo debajo de mi piso y desde bien pequeñito me miraba con cara de felicidad. Desde los once hasta los trece, siempre que me veía me venía a saludar y me traía todo tipo de regalos. Desde sencillas cosas que quitaba a su hermana mayor, a chocolatinas, pulseras… Cada año tenía decena de cosas suyas. Yo fui su amor platónico. Un día yo regresaba de una fiesta, no había bebido demasiado pero estaba muy contenta, me lo había pasado genial con mis amigas y habíamos vacilado a algunos chicos. Total, subí hasta la tercera planta y me lo encontré sentado en el rellano. Estaba triste, sus padres no le trataban bien y frecuentemente le echaban de casa. Me senté con él y le empecé a decir que no se preocupara, que todo saldría bien. Mientras, él me miraba a los ojos de una forma intrigante y se ruborizaba cuando me acercaba demasiado a hablarle cerca de la oreja. No sé porqué, todo aquello me pareció muy excitante, recordé todos los regalos que me había hecho, lo bien que me trataba incluso siendo tres años más pequeño que yo, pensaba que todo hombre tenía que tratar así a una mujer y no como lo hacían los chicos más mayores con los que yo ya había estado. No sé porqué pero eso me resultó tan seductor que le empecé a acariciar el muslo, después su tula y cuando me quise dar cuenta le estaba masturbando por encima del pantalón. A los diez segundos murió y yo me fui corriendo a mi casa con una sonrisa juvenil y traviesa.

— Jajaja, ¡ahora entiendo todo! ¡Cómo no va a estar enamorado de ti! ¿Hubo más después de eso cuando él era tan joven?

— Algo así, sí. Jajaja.

— ¡¡Entonces normal que esté enamorado!! –Me dice Paola al tiempo que se va a la cocina.

Escucho que empieza a rebuscar en los cajones.

— Oye, ¿dónde estaban las cucharas? —Me grita.

— En el segundo cajón de la encimera.

Al cabo de un rato, Paola aparece pero no trae ninguna cuchara, sino que trae en la mano un panfleto. Yo, al ver de qué color es, abro los ojos como platos y trago profundamente.

“Mierda, mierda. ¡No lo tiré!”

— Claudia —comienza—, ¿qué hace en tu cajón este anuncio de: “Se necesitan chicas para una empresa de webcam porno”?

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