La Diosa de la Leche

Termino de escribir mi post para el Diario de una modelo de webcam porno y me pongo a trabajar. Escribo siempre que puedo, porque escribir sobre sexo me pone a cien y me hace disfrutar aún más que si no escribiera. Revivir lo que hago con mis clientes a través de la webcam me sube la libido y hace que esté dispuesta a ser más generosa con el siguiente. Y ahora me toca trabajar, ¡qué ganas que tengo!

También, para sentirme mejor conmigo misma, he pensado en gatillarme yo por mi cuenta o en garchar antes de mostrarme como webcam girl porque como siempre que tengo sexo, con un orgasmo no me basta y quiero más pues… ¿Por qué no hacer algo antes? Así estaré más húmeda y más sonriente cuando me vaya a poner delante del ordenador.

Conecto mi cam y cuando ya estoy online me acomodo, hoy hace un calor horrible y en la habitación no tengo aire acondicionado. ¡Menos mal que trabajo con poca ropa!

Cuando estoy lista, veo que no han pasado ni dos minutos cuando ya alguien se fija en mis gomas, mi cintura delgada y mi suave piel.

— Hola —me escriben.

— Hola, guapo. ¿Qué tal estas?

— Muy bien.

— ¿Te apetece disfrutar un ratito? ¿Quieres ver lo mojadita que estoy?

— Sí, sí.

— Pues entra al privado y mírame. Estoy deseando ver tu tula. Seguro que es grande, ¿verdad?

— Jaja —se ríe—. Tan grande que puede que no te entrase.

— Eso lo tendré que juzgar yo cuando la vea, ¿no crees?

— Quizás.

— Además, por mi poto ya han entrado cosas muy grandes… — Le digo para calentarle.

Tarda en responderme. Le he puesto nervioso y cachondo hablando por el chat.

— ¿No te estarás jalando sin dejarme ver ese gran pico que tienes, verdad? —Le digo para excitarlo más.

— ¿Qué cosas grandes te han entrado?

— De todo corazón.

— ¿Por ejemplo? ¿Una banana?

— Si, pero sólo las grandes bananas de hombres. Como la tuya…

— Dame un ejemplo…

— Pues, déjame que piense… Un día una amiga me metió no uno, ni dos, ni tres dedos, sino casi hasta la mano entera…

— Uuffff.  Querría verlo.

— Tendrá que ser otro día cariño, porque hoy no hay ninguna amiga conmigo.

— Vale, lo dejamos para otro día. ¿Cuándo estarás con otra amiga?

— Cuando tú quieras.

— ¿Dentro de una semana a la misma hora que hoy?

— Perfecto. Aquí estaremos las dos.

— Genial, besos Claudia.

Y así, tras unos minutos hablando, el primero de los chicos se marcha del chat.

— Hola diosa —me dice otro cliente con tono juguetón.

— Hola, ¿sabes qué diosa soy? —le respondo de manera divertida.

— No, ¿cuál?

— La que disfruta sacando leche a los hombres…

Jajaja, uuffff, ¡y tanto que me gusta sacarla y tragármela! A este chico ya se la he puesto dura.

— Jejeje —comienza a escribirme—, yo quiero que me la saques.

— Ummm, por fin encuentro a un hombre que sabe lo que quiere. La quiero toda para mí.

— :D.

— ¿Y cómo quieres que te la saque, amor? ¿Qué quieres verme hacer?

— Ummm, no sé. Nunca he hecho esto antes…

— Yo estoy muy caliente, pídeme lo que quieras.

— Jejeje, vale… ¿Te gusta bailar?

— Me encanta bailar.

— Puedes bailar para mí… ¿desde la ducha? Así con el pelo mojado y húmedo.

— Claro no habría problema. Además… —una idea asalta mi mente.

— ¿Además qué?

— Además te voy a enseñar por qué soy la Diosa de la Leche.

Mi cliente se sonroja pero no tarda nada en contratar un privado. En ese poco tiempo que ha tardado en hacerlo, me ha dado tiempo a coger el portátil, ir al baño, descorrer la cortina y poner la cam enfocando a la ducha para que me vea. El ordenador está sobre una silla. Le escribo que enseguida vuelvo y me voy a por una corona de laurel que compré el primer día con los disfraces y a la cocina a por otra cosita que vierto en una jarra.

Al llegar, le digo que voy a hablar en vez de escribir, que si él también puede hacerlo y me dice que sí.

— ¿Listo? —Le pregunto.

— Sí.

Para no destapar mi sorpresa le digo que aparte un momento la mirada, enciendo el agua, me meto en la ducha, cojo la jarra que he llevando en la cocina y, con mi corona de laurel puesta sobre mi cabeza, le digo… Ya puedes mirar.

Al hacerlo, abre los ojos como platos y se encuentra con mi figura ya desnuda, con mi mirada salvaje y mi corona de diosa y en ese momento le digo:

— Soy la Diosa de la Leche — Y comienzo a verter, por mi cuerpo, la leche que he puesto en la jarra.

El líquido blanquecino comienza a recorrer mi figura mientras muevo sensualmente mi cadera y me empiezo a acariciar mi chorapio. Vierto la leche despacio para que me dure mientras gimo que me dé la suya propia. Pronto le escucho gemir y veo su gran tula, jalada con sus dos manos, frente a la pantalla.

Le grito que me la de, se lo pido, ¡se lo suplico! Mientras bailo y me masturbo con más ganas. ¡Dios! ¡Qué gozada! Y, aunque he visto por el rabillo del ojo que su leche ha salido con gran potencia, yo sigo disfrutando para su deleite… hasta que yo llego al orgasmo.

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